Uno de los dos magníficos tigres que vimos hace poco más de una semana está ahora muerto. Una infanta fascinada y feliz les vio, vitales y bellos, mientras tomaban un baño matutino y jugueteaban en su habitat artificial del parque zoológico nacional. El tigre junto a la cascada descendió, se juntó al otro y lo demás fue una alegría de agua, una explosión de gotas que brillaban a la luz de la mañana.
Uno de esos tigres ha muerto, sin enfermedad, de un día a otro, con convulsiones. La autopsia revelará las sospechas, la mano de un visitante arrojando un alimento indebido, algún objeto. No sería la primera vez que extraen del estómago de un ejemplar del zoológico restos de una bolsa plástica, la causa del deceso. Pese a la proliferación de carteles de advertencia -"No alimente a los animales: siguen una dieta especial"-, algunos especímenes del homus salvadorensis obedecen antes a su naturaleza perversa, o solo ignorante, y arrojan a las jaulas lo que sea que mordisqueen en su momento, cualquier golosina más apta para un bruto ejemplar de homo salvadorensis que para la alimentación de fruta, en su mayor parte, de la generalidad de inocentes especies del zoológico. En síntesis, que algunos visitantes del parque tienen mucho más mérito para estar dentro de las jaulas que los propios animales en cautivero.
Mientras tanto deberemos conformarnos viendo en casa las fotografías y vídeos que de ambos tigres tomamos esa mañana. Y la infanta sonreirá otra vez.








